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¿Energía sin carbono?

Hoy 30 de noviembre dará comienzo en París la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. En aplicación de los acuerdos alcanzados en la reunión de Lima del año pasado la mayor parte de los 195 países miembros han publicado sus objetivos de reducción de emisiones. Ocho de los diez grandes emisores -China, Estados Unidos, Unión Europea, Japón, Corea del Sur, India, México y Brasil- han asumido compromisos cuantitativos y medibles en la lucha contra el cambio climático que deberán formalizarse en París. Faltan de momento Arabia Saudita e Irán.

 

El gran objetivo es estabilizar el contenido de dióxido de carbono en la atmósfera en 450 partes por millón, compatible con un aumento de la temperatura terrestre de dos grados centígrados en relación a la temperatura media de la época preindustrial, es decir, a mediados del siglo XIX.

 

El 98% de la atmósfera terrestre es una mezcla de oxígeno y nitrógeno. Una curiosa muestra de los frágiles equilibrios que determinan la existencia de vida en nuestro planeta es que si la atmósfera sólo estuviera compuesta de esos dos gases no habría vida tal como la conocemos sobre la Tierra. Nuestro planeta recibe el calor del sol y como todo cuerpo caliente emite también calor. Parte de este calor es retenido por la atmósfera, se suma durante el día a la radiación solar y compensa parcialmente durante la noche el enfriamiento de la superficie. Sin esa retención de calor las diferencias de temperatura entre el día y la noche serían tan brutales que todo aquello que naciera de día moriría de noche. Esa retención de calor es el «efecto invernadero» descubierto por el científico británico John Tyndall en 1859.

 

Los experimentos de Tyndall demostraron, para su propia sorpresa, que tanto el oxígeno como el nitrógeno eran “transparentes”, no retenían calor alguno, mientras que el resto de gases que componen nuestra atmósfera entre los que destacan el dióxido de carbono, el vapor de agua, metano y algunos gases nobles y que apenas representan el 2% de la misma eran los responsables de la retención de calor, los causantes del «efecto invernadero» al que debemos la existencia de vida. Tyndall, avezado montañero, estudioso de los glaciares, adelantaba, ya entonces, que variaciones en la composición de la atmósfera debían haber producido cambios en el clima y que esa era, precisamente, la explicación de las sucesivas glaciaciones y, en general, de todas las modificaciones climáticas que los estudios de los geólogos ponían de manifiesto

 

En la Gran Bretaña victoriana de Tyndall la Revolución Industrial empezaba a estar en su apogeo. Desde entonces la Humanidad ha quemado y quema ingentes cantidades de carbón, petróleo y gas y por consiguiente emitido billones de toneladas de CO2 a la atmósfera. En 1959, gracias al científico norteamericano Charles Keeling, se instalaron en el volcán Mauna Loa, en Hawai y en el Polo Sur sendas instalaciones medidoras de la concentración de CO2 en la atmósfera. En 1959 la concentración media era 316 partes por millón, en 1970 había subido a 325, en 1990 la concentración alcanzó las 354 partes por millón. En 2015 hemos alcanzado la redonda cifra de 400 partes por millón.

 

Buena parte por tanto del dióxido de carbono emitido a la atmósfera permanece en ella y, dado que se trata de un gas que retiene el calor emitido por la tierra, a mayor concentración más calor. La temperatura media de la Tierra ha subido un grado desde la Revolución Industrial y, lo más importante, el incremento de temperatura se acelera exponencialmente. Existe hoy suficiente evidencia científica sobre los efectos del aumento de la temperatura: retroceso de los glaciares, reducción de los hielos en los casquetes polares, subida del nivel del mar, alteración de las corrientes marinas, desertificación progresiva, proliferación de fenómenos atmosféricos extremos…

 

En 1992 se firmó en Río de Janeiro la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Se han necesitado 23 años para que cada país miembro asuma compromisos individuales indicativos. Como casi siempre, y más en el ámbito internacional, la política llega tarde a su cita con la realidad. El consumo de energía primaria crece un 1,4% anual. El consumo de gas un 2%, los consumos de petróleo y carbón algo menos del 1%. En el año 2035 más del 80% de la energía consumida en el mundo seguirá proviniendo de estos tres combustibles fósiles. Con este escenario, no excesivamente agresivo, las emisiones de CO2 a la atmósfera casi duplicarán las que la Comunidad Científica ha definido como compatibles con la concentración de 450 partes por millón, objetivo de la Cumbre de París. Si en 2035 las emisiones duplican las consideradas aceptables y se mantiene la tendencia, para el final de este siglo el aumento de la temperatura media será de 5-6 grados. Nuestro Planeta no será como hoy lo conocemos.

 

Es un problema de gobernanza mundial sin antecedentes previos que obliga a nuestros políticos y a nosotros mismos a trabajar y realizar esfuerzos hoy por nuestros nietos y bisnietos. La Unión Europea ha propuesto como objetivo para 2030 reducir sus emisiones un 40% en relación con las existentes en 1990. El documento remitido habla de la compatibilidad de este objetivo con la reducción del 20% prevista para 2020 y con la reducción deseable del 85-90% para el año 2050.

 

Sin entrar en debates sobre esfuerzos comparativos entre países, alcanzar cualquiera de los objetivos citados en los hitos temporales previstos requiere un cambio radical de política energética. Requiere avanzar de forma decidida hacia una energía sin carbono.

El sector industrial es el gran emisor. Hay que tomar medidas para progresivamente lograr que el gas sea el único combustible fósil utilizado e inducir mecanismos para fomentar la combustión limpia y la mejora de la eficiencia energética. Un impuesto a las emisiones de CO2 parece un mecanismo más eficiente que el actual comercio de derechos de emisión. Las empresas para invertir requieren certeza en el retorno esperado de los fondos utilizados.

 

La generación eléctrica será hidráulica, nuclear, renovable y gas. El gas es imprescindible como soporte de las renovables en las horas que el viento no sopla. En un país con las horas de insolación que tiene el nuestro la generación fotovoltaica en los tejados de los edificios con posibilidad de verter a la red será una realidad. Toda la normativa sobre edificación deberá ser modificada para tener en cuenta no sólo esa posibilidad sino la introducción de cualquier mejora en materia de aislamiento térmico así como la obligatoriedad de contar con plazas de garaje y que éstas tengan enchufe y contador individual.

 

Los vehículos serán híbridos. Sólo los de menor cilindrada mantendrán motores de inyección directa de gasolina o, si es posible, de un combustible aún más ligero que nuestra actual gasolina. El transporte pesado, incluso el marítimo, irá migrando progresivamente al gas.

 

Toda esta transformación llevará tiempo. La edad media de la flota española de vehículos es superior a doce años La construcción de cualquier infraestructura energética supone plazos, incluidos permisos, de entre cinco y diez años. La vida media del parque de viviendas supera los cincuenta. Hay tiempo para que todos, empresas y consumidores, nos adaptemos. Cambiar un modelo energético de más de un siglo llevará décadas, pero hay que pisar desde ya el acelerador del cambio. Es una bonita tarea que añadir a las que tendrá encima de la mesa el próximo gobierno.

 

Fuente: ABC.

 

Eco Aislamientos, 30 de noviembre del 2015.

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